Baños, pedacito de cielo

Ateburua, hitz bakar baten: perfektua!

El fin de semana, en una sola palabra: ¡perfecto!

 

El viajecito para llegar hasta Baños fue un poco más movido de lo que todos habíamos pensado, por el movimiento de las curvas era imposible coger una postura y aprovechas las horas de autobús nocturno para dormir y el volumen de música techno o latina que llevamos durante todo el trayecto no ayudo lo más mínimo tampoco. Eso si, llegamos mucho antes de lo que pensábamos o habíamos calculado.

Como introducción deciros que el nombre real de Baños es  Baños de Agua Santa y es una de las ciudades que más turistas atrae en el Ecuador. Se encuentra en una altura de 1.800 metros en las faldas del volcán Tungurahua.

Mi primera reacción al llegar allí fue una sonrisa, provocada por ver montañas, altas, de un verde oscuro precioso, algo que echaba de menos. Y acto seguido, un escalofrío acompañado de una sensación casi olvidada: frio. Yo empezaba a estar encantada.

Nos dividimos en grupos para ir preguntando por habitaciones libres y como esperábamos, en poquito estábamos todos dejando las mochilas en una habitación dispuestos a salir a comprobar cómo se activa poco a poco el pueblo, desayunar, buscar a las chicas de Manta y Guayaquil y empezar la aventura turística.

Dimos una pequeña vueltita por el pueblo, y descubrimos que el numero de puestos y tiendas era ilimitado, pero dejamos esto para mas adelante y fuimos a contratar las bicis para poder hacer la ruta de las cascadas, una paseo precioso.

Pasamos toda la mañana andando en bici y haciendo paradas por todas las cascadas que hay o que veíamos por el camino. Cada uno fue a su ritmo, algunos incluso se tomaron su rato para hacer puenting. Yo, junto al resto de chicas de Euskadi fuimos un poquito más rápido para intentar buscar a una chica del grupo que debió de seguir el camino en vez de pararse en una de las paradas y la habíamos perdido. La encontramos al final del día, en la última cascada, en el pailón del diablo, y estaba mejor que nadie, había hecho amigos por el camino y después de ver la cascada con ellos se quedó allí tranquilamente hasta que llegamos.  El camino en bici fue tranquilo y precioso, todo verde, un montón de cascadas impresionante de lejos y mucha tranquilidad a pesar de tener que ir gran parte del tiempo por la carretera. Pero lo mejor estaba en el final, la cascada del pailón del diablo, impresionante, enorme, espectacular, inolvidable. Pagando un dólar y medio puedes acceder a un sendero que se encuentra perfectamente señalizado y que a través de orquídeas, hortensias y vegetación semi-selvática te lleva hasta el filo de la cascada del pailón del diablo.

En el momento que llegas a ese sitio donde acaba uno de los diez saltos de cascada mas grandes de la región quedas imnotizado, totalmente. Verde, rocas, agua, ruido, gotitas de humedad. Todo se mueve pero a la vez tienes la sensación de que todo, incluso el tiempo, se ha parado por un momento, de que estas viviendo algo irreal, es algo único, y además, después de ese momento, hay la opción de meterte entre rocas y llegar hasta la zona rocosa detrás del agua y tocarla, sentir la fuerza desde más cerca y empaparte de arriba abajo como me paso a mí, jeje.

Video 1: http://www.youtube.com/watch?v=ne0HqggZq_w

Video 2: http://www.youtube.com/watch?v=NWUuEIiivOc

Tras la experiencia, comer, reponer fuerzas, juntarnos todos y buscar un medio de transporte para volver todos juntos con las bicis hasta el pueblo, estábamos a casi 20 kilometros de distancia y la noche ya nos estaba saludando. En el hotel, ¡ducha cliente!, si si, agüita caliente, no sabéis como lo disfrute, y después de cenar, un paseíto y a dormir, con una mantita encima, sintiendo el calor dentro de la cama y el frio fuera de ella, con ese peso encima que te invita a quedarte todo el día sin salir de la cama, ¡que felicidad!.

El sábado, mientras algunos hicieron excursión en caballo otros decidimos hacer senderismo por el monte, el camino hasta la virgen, pero sigo pensando que me engañaron, ya que si, era subir un monte, pero por unas escaleras, unas odiosas escaleras, muchas, demasiadas, casi 500 escaleras, que se dice pronto. Eso si, las vistas únicas, se ve todo.

Y tras bajar todo lo subido comer algo para descansar y dar una vuelta por el mercado y las tiendas. Mientras paseas por las calles puedes ver locales donde preparan a la vista de todo el mundo el alfeñique, una especie de caramelo de azúcar puro de caña y que al pasar por delante te regalan un cachito para probar. Por lo general no gusta mucho porque es demasiado dulce, pero a las dos golosas del grupo nos encantó y solo esperábamos pasar por el siguiente local de este estilo para tener la excusa para comer otro cachito.

Y para acabar la tarde: aguas termales.Tres piscinas a diferentes temperaturas, descubiertas en la fresquita noche de baños y con vistas a una cascada. Empezamos por la de mas temperatura, y lo nuestro nos costó entrar, porque aparte de que el de seguridad se empeñó en decirnos que teníamos que ducharnos y recogernos el pelo en inglés, adaptarse a esa temperatura no fue tarea fácil, estaba tan caliente que la piel dolía según ibas entrando, y tal era el calor que al poquito de estar allí decimos salir y cambiarnos a la siguiente  y por el camino, a pesar de estar en bikini, en el mismo sitio donde unos minutos antes habíamos estado con pantalón y manga larga y echando de menos un abrigo más nadie sintió frio, lo contrario, se agradecía.  Y a la noche, como era de esperar, cenita y juerga, y no una juerga cualquiera, porque después de que cerrasen todos los locales, nadie sabe muy bien como, pero acabamos en una boda, o el final de una boda. Ya sabéis, sábados a la noche, historias para no dormir, jaja.

Y el domingo, volver a disfrutar del agua caliente, un paseíto por  otro mirador, callejear un poco y por último, antes de volver al autobús, probar el famoso cuy, ese mamífero rodeor que nosotros llamamos cobaya o conejillo de indias. No es lo mas delicioso que he probado en mi vida, pero no estaba malo.





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